28 agosto, 2020

DICHO CON HISTORIA: "PONER LA MANO EN EL FUEGO"

 Seguro que más de una vez hemos "puesto la mano en el fuego" por alguien o por algo. Es una expresión que se utiliza para manifestar el respaldo total y nuestra confianza plena hacia otra persona o hacia algo. En definitiva, se trata de una frase figurada con que se asegura la verdad y certeza de una cosa.


Mucio Escevola en presencia de Porsena. Matthias Stom (1640)
Mucio Escevola en presencia de Porsena.
Matthias Stom (1640)


Esta expresión, según el Diccionario de Autoridades, se remonta a la época en la que se practicaba el llamado juicio de Dios u Ordalía, que era una institución jurídica en virtud de la cual, atendiendo a supuestos mandatos divinos, se establecía la inocencia o la culpabilidad de una persona, (e incluso eventualmente, un objeto de cualquier tipo, aunque preferentemente aplicado a libros u obras de arte), o una cosa acusadas o sospechosas de quebrantar las normas o cometer pecado, sometiéndola a diversas pruebas, de cuyos resultados interpretaban los antiguos que se podía deducir el juicio que esa persona le merecía a Dios. Y es que antiguamente se creía que Dios o los dioses se expresaban mediante actos cuasi milagrosos.


En ocasiones, el juicio de Dios era utilizado para solventar una disputa o controversia entre dos personas u objetos, que eran sometidos a la ordalía bien de forma consecutiva o bien simultáneamente.


En principio se trató de una costumbre pagana, que fue común entre numerosos pueblos antiguos (Asiria, Babilonia, Grecia o Roma), y especialmente por los pueblos germánicos, pero con la llegada del cristianismo, esta costumbre fue asimilada por la Iglesia, que la continuó usando durante toda la Edad Media, los tribunales de la Inquisición hicieron uso y abuso de estos juicios divinos. Los juicios de Dios admitían numerosas formas, según su objetivo fueran personas o cosas a juzgar, y dependía además de la costumbre del país o el lugar. Lo más usual era la utilización del fuego y el combate. El fuego o la "prueba de fuego" podía consistir en coger hierros candentes o en meter la mano u otras partes del cuerpo en una hoguera o lumbre. A su vez, la variante preferida del combate fue el duelo. Si se salía indemne de la prueba ( o al menos con mínimas quemaduras) era porque Dios lo consideraba inocente, y por tanto no tendría que recibir castigo alguno.


Estos juicios de Dios también se aplicaron a las mujeres acusadas de adulterio, quienes tenían que poner su mano en el fuego para demostrar su inocencia. Si la quemadura no sanaba en el plazo de tres días, eran enviadas a la hoguera. Se entendía que, a través de la curación o no de la acusada, la divinidad declaraba la verdad.


Pero la frase que nos ocupa también tiene otro posible origen basado en una leyenda de origen romano que tiene como protagonista al joven Cayo Mucio Escévola, quien dejó arder su mano ante sus enemigos etruscos en prueba de que decía la verdad.


Este episodio legendario, y sus variantes, es recogido por Tito Livio, Plutarco o Valerio Máximo. La leyenda cuenta que Porsena, rey de los etruscos, sitió Roma y Cayo Mucio, para salvar la República, se ofreció voluntario para infiltrarse en su campamento con la intención de asesinarlo, pero se equivocó y mató a uno de sus oficiales. Al ser detenido Mucio demostró su determinación al dejar que su mano derecha se quemara en el fuego mientras afirmaba que cuatrocientos romanos estaban dispuestos a hacer otro tanto para librar a su ciudad. Porsena, asombrado por su valentía, le perdonó la vida y firmó la paz. Desde entonces, Cayo Mucio recibió el sobrenombre de Scevola o zurdo. 


Y es que el fuego asociado al agua era el símbolo de la participación en la vida social y religiosa de la comunidad. La historia de Mucio muestra que este tipo de ordalía no era extraño a la cultura romana. En una cultura que utilizaba el fuego para  realizar pruebas de destreza o de valor la idea de utilizarlo como prueba judicial no resulta nada extraña.


La leyenda de Mucio Scévola fue tomado como ejmeplo de heroísmo y sería difundido a través de manuscritos medievales con iluminaciones, sirviendo de tema a numerosas pinturas entre los siglos XVI y XVII.


¡Cuántas expresiones que utilizamos en nuestro día a día tienen su origen en el pasado! Aprendamos a utilizarlas y pongámoslas en valor.



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Referencias:

Del hecho al dicho. Gregorio Doval. Editoral Alba Libros. Doval. 2014

Los suplicios capitales en Grecia y Roma. Eva Cantarella. Editorial Akal. 1996.

La Historia de Roma en la fraseología castellana. Antonio Cascón Dorado. Revista de la Uned. 2008.

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